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Fútbol en Palestina

La ausencia de libertad de movimiento convierte a los futbolistas palestinos en víctimas colaterales de un conflicto interminable. Aunque el fin de la ocupación y la autodeterminación del pueblo palestino están al orden del día, los deportistas siguen encorsetados por ese conflicto. De poco sirve que el fútbol sea, en cualquier parte del mundo, un instrumento de paz, fraternidad y educación.

Texto y fotos: Claude Auhaldo
Traducción: Román Bellver (twitter: @Romanbellver)

El fútbol profesional sólo cumple tres años de existencia en Palestina, pero pese al contexto político y la falta de medios, el campeonato está en auge. Hasta se puede decir lo mismo de la liga femenina, también creada en 2008. Disputado en sala en sus inicios, el fútbol femenino ya presume de jugarse “once contra once y en exterior”.

El equipo nacional, pese a no haber conseguido la clasificación para el próximo Mundial, progresa a pasos agigantados. Nadie duda de que en pocos años el fútbol palestino habrá recuperado todo el tiempo perdido. Pero a día de hoy el gran problema reside en la falta de libertad de movimiento de los jugadores, sometidos al control de las autoridades israelíes. Ahmad Kashkash, jugador del Al Amaari y capitán de la selección palestina, puede dar fe de ello: “Regresé hace meses a Palestina para jugar con el combinado nacional, pero no pude regresar a Jordania, donde tengo contrato profesional con un equipo. La administración israelí me niegan el derecho a regresar para trabajar y vivir donde quiero. Menos mal, el equipo de Al Amaari me acogió en sus filas…”. Mazen Al-Khateeb, director técnico de la federación palestina encargado del fútbol sala, tampoco duda en atizar a las autoridades israelíes: “Al igual que Israel, teníamos un seleccionador francés, Moussa Bezaz, mientras nuestros vecinos contaban con Luis Fernández. Sin embargo, no creo que hayan sido medidos con el mismo rasero. A Moussa Bezaz y a su ayudante nunca se les concedió un visado superior a un mes, nunca se les facilitó su entrada en tierras palestinas, todo lo contrario. Las horas perdidas en los controles fronterizos se cuentan en días. ¿Por qué? Sencillamente para darles a entender que elijan otro lugar para trabajar… Afortunadamente, aguantaron y no desistieron. Luis Fernández no se enfrentó a las mismas pegas administrativas ni a esos intentos de intimidación. Moussa Bezaz sólo vino para ayudarnos…”.

“Para un amistoso en Mauritania sólo disponía de once jugadores, dos de ellos porteros”

Cuando entrevistamos a Moussa Bezaz, exjugador del Sochaux y del Rennes, todavía era seleccionador de Palestina: “Si te soy sincero, me lo pensé mucho antes de aceptar la propuesta de Palestina. No hace falta explicar los motivos de mis dudas. Pese a los numerosos problemas y obstáculos con los que me encontré, nunca me arrepentí de mi decisión. Lo más difícil era hacer malabarismos con la lista de convocados, hasta el punto de disputar un partido amistoso en Mauritania con sólo once jugadores, dos de ellos porteros. Evidentemente, uno de los dos tuvo que actuar como jugador de campo. Ese tipo de cosas fueron las más frustrantes, por encima de los problemas de comunicación. El idioma árabe del francés de origen argelino que soy dista mucho del que se habla en Palestina. Pero ahí el fútbol demostró que es un idioma universal. Sin duda, lo peor es que no puedes prever ni construir nada… Al fin y al cabo, no dirigía una selección, sino dos o tres: la primera con los mejores jugadores, la segunda con los jugadores que obtienen el permiso para salir de Palestina o de entrar en el caso de jugadores que militan en el extranjero y que no tienen la garantía de poder regresar a su lugar de origen. De ahí te sale un tercer equipo, incluso a veces un cuarto… Y el nivel internacional no deja lugar a improvisaciones. Por mucha buena voluntad que pongamos, y aunque juguemos nuestros partidos como locales en Qatar o los Emiratos Arabes Unidos, no se pueden pedir milagros mientras no varíe el contexto político”.

Con ese panorama, Moussa Bezaz alcanzó una meritoria segunda ronda en las eliminatorias para el Mundial. Palestina cayó eliminado ante Tailandia, después de rozar la hazaña… La decepción fue mayúscula teniendo en cuenta que el fútbol, al igual que el deporte en general, se ha convertido en una herramienta política. Palestina busca así el reconocimiento, multiplicando las acciones para ser justamente reconocida por lo que es. Por eso llora las derrotas (en la ONU) y canta cada una de sus victorias, desde la FIFA hasta la UNESCO, pasando por el Comité Internacional Olímpico o la Comisión de asuntos Humanitarios Sociales y Culturales de la asamblea general de Naciones Unidas que se pronunció recientemente, y con una aplastante mayoría, a favor de la autodeterminación de los palestinos.

Para Jibril Al Rajoub, acérrimo seguidor de Yasser Arafat, representa la lucha de toda una vida. Tras 17 años encarcelado por el ocupante, el otrora responsable de la seguridad preventiva ocupa actualmente las presidencias del comité olímpico nacional y de la federación de fútbol, creada en 1928 (1). Su mirada penetrante deja entrever su pasado guerrillero, pero su tono de voz es muy claro y pausado. Sin subir el tono, Al Rajoub, temido y respetado a la vez, confiesa sus verdades, sus opiniones, sus sueños… “En 2008, cuando me pidieron que tomara el mando de las dos presidencias, entendí que el deporte era el camino para que los palestinos pudieran hacerse oir por el mundo y defender nuestra causa. Aceptando esos cargos, no renuncié a mis convicciones, sino todo lo contrario…”. Otras recientes declaraciones de Jibril Al Rajoub no dejan lugar a dudas sobre sus motivaciones: “Con veinte años, lanzaba granadas, con 40 las piedras del Intifada y ahora lanzo balones. El mundo no entendería que actuaramos como en el pasado. El mundo ha cambiado, y nosotros también, pero nuestra voluntad es inquebrantable, nuestro combate sigue vivo y nuestra victoria está muy cerca.”

“Con veinte años, lanzaba granadas, con 40 las piedras del Intifada y ahora lanzo balones”

En poco más de tres años, el fútbol palestino ganó en estructura y profesionalidad, pero queda camino por recorrer: “Tengo tres desafíos que requieren la colaboración de la FIFA y del COI. El primero tiene que ver con la ocupación, la más larga de la historia moderna, que impide los desplazamientos de nuestros deportistas, no sólo al extranjero, sino en el interior de la West Bank, desde Gaza hacía el resto de Palestina y viceversa. La FIFA y el COI tienen que ayudarnos presionando a Israel, y por ahora no hay nada solucionado. El segundo desafío consiste en mejorar las infraestructuras. Hemos progresado mucho en ese aspecto, sobre todo gracias a la Autoridad Palestina y a las ayudas internacionales, pero nos faltan estadios, campos de entrenamiento, material y áreas de juego para los jóvenes. Tanto la FIFA como el COI pueden aportar mucho más. Nuestro tercer desafío es fijar una estrategia, un plan quinquenal, para que el desarrollo de nuestro deporte no sea anárquico, que no dependa de los proyectos financiados desde el extranjero sino de las necesidades de los deportistas palestinos”.

Las interferencias, frecuentes y a veces violentas, entre los simpatizantes del Hamas (que dirige la franja de Gaza) y los del Fatah (al poder en Cisjordania), enredan la situación. Nadie lo niega, algunos lo reconocen. Tras la reconciliación de las dos organizaciones políticas durante el pasado mes de abril se vislumbra un futuro en común. El tiempo dirá.
Como en cualquier parte del mundo, el fútbol es una vitrina, pero también se piensa en los jóvenes, que representan la mayor parte de los 19 000 licenciados repartidos en 200 clubs y la inmensa mayoría de los demás 73 000 practicantes habituales. Más allá de los valores, la educación y la salud que proporciona el deporte, Jibril Al Rajoub persigue otros objetivos: “Con el deporte y con el pueblo podemos presionar a Israel. Una presión pacífica… Quiero convertir el ejército del pueblo palestino en un ejército de atletas, jóvenes y no tan jóvenes, profesionales y aficionados, que servirá nuestra causa respetando los valores del deporte y su ética. Con el fútbol podemos decir basta. Basta ya de guerras, basta ya de sufrimiento. No soy un dulce soñador. Tengo fe.”

(1): La federación de fútbol palestina creada en 1928 sólo admitía judíos. La actual fue fundada en 1962.

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Yo, Suleyman Obeid, futbolista palestino…

Es la historia de un futbolista. Ante todo de un hombre. También de su familia. Es la historia de un palestino. Es la historia de una guerra y de una ocupación que nunca acaba. Podría ser una historia triste, horrible e inhumana, pero es una historia en la que la esperanza, por muy pequeña que sea, de asistir a un cambio de nuestro mundo da la energía para no desvanecer y seguir luchando. Se trata de vivir y jugar al fútbol, pese a todo y contra todo. Es la historia de Suleyman Obeid, futbolista palestino que conduce su balón por los caminos que llevan a la libertad.

Hace más de tres años que Suleyman dejó la franja de Gaza, su lugar de nacimiento. Allí dejó sus herramientas de mecánico. Después abrazó a su mujer, su hijo y su hija. Se subió a una ambulancia como antes se embarcaba hacía el nuevo mundo. Triste por dejar a sus seres queridos y feliz por iniciar la conquista de nuevos territorios. Triste por abandonarlo todo, feliz por esperanza de una nueva vida.

Cuando no arreglaba coches, ellos también refugiados y destinados a una segunda vida en Gaza, Suleyman jugaba al fútbol. Hace tres años, cuando se creó una liga semiprofesional en la West Bank, el estado palestino parcelado por las colonias israelíes, decidió marcharse. Pero uno no puede salir así de la franja de Gaza. Por eso se subió a una ambulancia, aprovechando un preocupante estado de salud que requería una hospitalización en Ramallah, capital de Cisjordania.

Suleyman lleva tres años son ver a su mujer y a sus hijos, desde que dejó Gaza

Suleyman es muy sonriente, aunque probablemente, cuando nadie le ve, su rostro cambie de expresión. Tras algunas palabras en inglés para romper el hielo, acepta que contemos su historia. Prefiere que los demás cuenten su vida, como un testigo silencioso de su existencia. Escucha, asiente y a veces se queda con la mirada perdida. Al nombrar a su mujer y a sus hijos, que no ha vuelto a ver desde que dejó Gaza, donde no puede volver, se hunde un poco más en su sillón. Su cuerpo sigue aquí, su mente está allí, con sus seres queridos. Los dejó hace tres años, como una eternidad, sin medir entonces que la locura humana no daría importancia al amor de un marido, al amor de un padre: “Pensaba que podría reunir a mi familia, que sólo era cuestión de tiempo y de comprensión…”. La emoción le impide explanarse más, pero como si fuera consciente de la tristeza que se respira en la sala, consigue sonreír y añade: “No soy un héroe, sólo un futbolista. No soy ni el único futbolista ni el único palestino que padece esa situación”. Hoy vive del fútbol: “Quería ser futbolista profesional, ganar dinero. Logré mi objetivo, conseguí cambiar mi destino, pero el precio a pagar es tan alto…”. 2500 dólares mensuales, el sueldo del miedo. Durante sus desplazamientos con su equipo, Suleyman corre el riesgo de ser arrestado y reenviado a Gaza. 2500 mensuales, el precio de la ausencia y de las lágrimas reprimidas. También de algunas alegrías, como el campeonato nacional ganado en 2011 con su club, el Markaz Shabab Al-Amari, y su convocatoria con la selección de Palestina: “Estoy orgulloso de llevar la camiseta de mi país… El fútbol puede cambiar las mentalidades. Puede y debe ayudarnos…”.

El 26 de junio de 2011, Suleyman Obeid, rápido y técnico extremo izquierdo, viajó a Amman, capital de Jordania, donde la selección palestina estaba concentrada bajo la dirección del entrenador francés Moussa Bezaz. Tres días más tarde, la selección palestina se enfrentó a Afghanistán. Palestina, que no tiene estatuto de estado pero es miembro de la FIFA, iniciaba allí la fase de clasificación para el próximo Mundial. Un partido simbólico en un campo neutral, en Tadjikistan, excolonia soviética, independiente desde hace veinte años. Allí se materializó la entrada de Palestina en el fútbol internacional. El partido de vuelta se disputó en Ram, y era la primera vez que Palestina jugaba en su tierra un partido clasificatorio para un Mundial. La historia ya se escribía y Suleyman estaba ahí, con mucho orgullo. Quizás buscó en las gradas del estadio Faisal Al Husseini los rostros de su mujer y de sus hijos.

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Fútbol y paz…

Fundada en 1996 por Shimon Peres, premio Nobel de la Paz, la Fundación Peres para la Paz lanzó en 2002 un programa de escuelas de deporte. Un proyecto ambicioso que acogió rápidamente a numerosos niños cuyos padres desean ampliar las miras de sus hijos y preparar un nuevo mundo en el que la guerra, o al menos esa, sólo esté escrita en los manuales de historia y no en la vida cotidiana. En esas escuelas se juntan cada semana entre 1500 y 2000 niños, de entre 6 y 14 años, israelíes y palestinos. Allí juegan al fútbol o al baloncesto. Juntos. Allí hablan de la vida y de la paz. Juntos. Allí cada uno aprende el idioma del otro para entenderse mejor, para vivir mejor. Juntos.

Una escuela de la vida y de la paz que utiliza el deporte para que dos comunidades se acerquen apostando por la juventud. Tony Higgins, directivo de FIFPro, no duda en ensalzar la labor de la fundación: “Si crecen juntos, si intercambian y juegan unos con otros, quizás consigamos cambiar las mentalidades y construir una paz duradera en un futuro muy cercano. Que nos llamen soñadores o utopistas, pero estamos convencidos de que el deporte permite unir, sobrepasar los conflictos y ser un vector de la paz. Nosotros, creemos en ello.”

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